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Personalidad y soberbia

La cuarentena que estamos guardando es una experiencia nueva en muchos sentidos; en estos momentos seguros, estamos compartiendo y conviviendo más con la familia y con nosotros mismos y es importante encontrar esa particular síntesis entre exigencia, cordialidad, autoridad, cercanía, respeto con la familia.


A veces ponemos de pretexto la falta de tiempo, el trabajo, etc. para no
convivir con la familia pero ahora que estamos teniendo este tiempo, me doy cuenta que una de las grandes dificultades hoy es la convivencia familiar.


Me ha tocado ir a vivir con mis padres mientras pasamos esta etapa del
Coronavirus y hemos tenido más tiempo para la convivencia. Ahora,
disponemos de tiempo para platicar, dar nuestro punto de vista sobre las
cosas, exponer nuestro sentir; es decir, lo que se supone que una familia
debería hacer normalmente. Hoy día no es así, pareciera que uno convive
con desconocidos en su casa y hay que reconocer que las personas cambian de acuerdo a su madurez y experiencia; tal fue el caso de nosotros, mi hermano y yo hemos crecido y nuestros pensamientos ya no son los de antes, nuestras vivencias y experiencias han cambiado.
Como familia decidimos tener ciertas horas para convivir y platicar pero
conforme la convivencia se iba dando, me di cuenta que uno de los factores que estaba teniendo importancia era el querer tener la razón y esto hacia muy difícil la convivencia, y discutíamos con tanta vehemencia tratando de tener la razón, que muchas veces lo que estábamos haciendo era imponiendo nuestro punto de vista con una falta de objetividad asombrosa.
Estábamos aferrados a nuestra verdad y nos costaba dar cabida a cualquier idea que viniera de afuera. Creo que se nos olvido la diferenciar entre el comprender y consentir sobre un punto de vista y esto, a mi parecer, nos hizo alejarnos de la tolerancia y el respeto, convirtiéndonos personas tan cerradas que hacía muy difícil la comunicación. El aislamiento era más profundo y nos empezamos a dar cuenta que había mucha soberbia en cada uno de nosotros al aislarnos y ensimismarnos. Estábamos muy cerca pero muy lejos a la vez; nos empezamos a dar cuenta cuán poderosa e influyente puede ser la manera de pensar y que, al no encauzarla bien, puede crear un mayor distanciamiento. Pero, ¿qué me dicen de la susceptibilidad? Esta también llegó a nosotros y es que tiene su raíz en el egocentrismo. Todos podemos tener una forma de pensar y expresarnos pero es importante evitar las susceptibilidades en casa. Nos dimos cuenta, también, que hay que evitar querer ver segundas intenciones donde no las hay; salvar siempre la buena intención de los demás, esto ayuda mucho porque nos hace disculpar o entender al otro. Es importante no tolerar críticas sobre familiares, vecinos, compañeros a menos que sean críticas constructivas que aporten algo bueno a la persona y que no destruyan sino construyan. Es importante no hurgar en
heridas antiguas, así como evaluar nuestra soberbia. Digo esto de la soberbia porque no hay que negar que algo de soberbia tenemos todos; esta es un vicio que daña mucho a las personas y a la sociedad, ya que es el amor desordenado de uno mismo o, como expresa Santo Tomás de Aquino: ¨El apetito desordenado de la propia excelencia¨ ya que hace que uno acaba amándose a si mismo más de lo que merece, teniéndose por mejor y más digno de consideración de lo que realmente somos. Tendemos a considerar nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos; apreciamos y nos enorgullecemos de nuestra inteligencia y de nuestras acciones. Por ejemplo, quien ha prestado un servicio probablemente acaba olvidando las imperfecciones con las que lo ofreció. Hay un pasaje en la Biblia donde los discípulos discutían camino a Cafarnaúm sobre quién era el mayor entre ellos. Llevaban ya un algún tiempo con el Señor, habían visto sus milagros, habían escuchado sus palabras y, sin embargo, surge entre ellos esa discusión, y el Señor les dice ¨ Yo les aseguro que si no cambiáis y os hacéis como niños , no estaréis en el reino de los cielos, así pues, quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos¨ (Mt 18,3-4). Qué humana es la ambición y el egoísmo pues siempre llevan el mismo acompañamiento: desuniones, riñas, rencores. Gracias a Dios empezamos a ser muy consientes de esta situación y quisimos revertirlo con una palabra: AMAR. Empezamos a cuidar ciertos detalles como ser delicados en el trato unos con otros, a servir más a los demás, a tratar de no centrarnos en nosotros sino en aportar algo positivo al otro. Actuar de esta manera nos ha ayudado a tener una mejor convivencia donde la raíz sea el amor porque el amor cambia perspectivas, pensamientos, intenciones, corazones, actitudes y lo pongo en mayúsculas: AMAR LO CAMBIA TODO. Es aceptar a los demás tal y como son y eso implica a la persona completa: sus pensamientos, errores, debilidades, dones etc. Las relaciones sociales más importantes son las de nuestra familia. Este tiempo me ha servido, entre tantas cosas, a aceptar a mis seres queridos como son.

Hay que recordar que el propósito fundamental de la familia sobre la Tierra es el de proveer una gran familia espiritual y divina a Dios por toda la eternidad, por ello la familia es vital para Dios. Cuando comprendemos el propósito fundamental por el cual Dios creó nuestras familias, superamos la tendencia egoísta de considerar a los demás como obstáculos o molestias. También podemos aceptar con mayor facilidad las oportunidades que Dios nos da para dedicarnos diariamente al bienestar de los nuestros. En lo personal, a mí me ha servido mucho la oración y meditar sus Palabras para tratar mejor a mi familia; no cabe duda que cuando hacemos oración, vemos las cosas desde el punto de vista de Dios.

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